Ganemos o perdamos pero mala vida no nos damos.
Tengo esta frase en Whatsapp desde hace casi dos años, y en un principio la coloqué porque fue la frase célebre de mi abuelito, que recién había fallecido. Suceso que además de inesperado, fue impactante en mi vida de formas que todavía no logro coordinar en palabras, sin embargo estas letras son una pieza de mi intento por hacerle honor a su vida, y -de paso- comprender su grandiosa incidencia en la mía.
Become a member Mi abuelito, como lo llamaba siempre, era una persona de frases, que repetía constantemente, y que al contrario de lo recurrente, no se quedaba solo en palabras, fue un hombre íntegro en todo el sentido de la palabra, sus frases no se quedaban en meras rimas al aire, sino eran más bien una muestra de una larga cadena de pensamientos y filosofías de vida, y también de textos más extensos que escribía, una vez aprendió a hacerlo a eso de los 25 años. “Que corran mis perros, porque yo ya corrí”; otra frase que demostraba con acciones, siendo un hombre de liderazgo que delegaba mucho, y que escogía muy bien sus batallas.
Press enter or click to view image in full size
He escuchado toda mi vida que se tacha a alguien de ser “buena vida” como algo más bien despectivo, entendiendo que es alguien recostado, o que no se esfuerza nada por progresar y que vive de lo que otros hacen por él. Sin embargo, la muerte de mi abuelo me cogió en un momento de introspección profunda acerca de lo que significaba gastar mi tiempo y energía en esta vida. Algo que mi abuelito repitió durante tanto tiempo, y de la misma forma, retumbó en mi mente hasta trascender en una filosofía de vida que adopté, y que hizo que de una forma, su muerte luego significara vida en la mía.
Adoptando esta filosofía en mi vida, he podido elevar mis expectativas de cosas y hechos concretos, a conceptos más abstractos(y si se quiere trascendentes), que tienen bastantes escenarios y que hacen que — en efecto — se viva una buena vida, y podamos dar lucha un poco al ruido tan grande que supone las cosas negativas. Ahora me considero un “buena vida”, resignificando el adjetivo. Y creo que honro su vida haciéndolo, porque sé que sus logros fueron mucho más celestiales, que terrenales. Entiendo hoy, lo afortunado que soy al crecer con personas tan increíbles, que hicieron que los milagros fueran cotidianos y que su pensamiento nutriera el mío de formas tan positivas. Hoy aunque daría lo que fuese por un café y una conversación más en el comedor con él, tengo convicción de que me miraría como la última vez, lleno de orgullo. Y eso me hace feliz.
En las cosas malas, en las cosas buenas, en las cosas dolorosas y en las que disfrutamos, en las que ganamos y perdemos: mala vida no nos damos.